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Espejos de
papel
Acuarelas recientes de Lizette
Arditti
No nos
hallamos a cabalidad ante una o varias superficies que
reverberan imágenes, ni el reflejo es de papel; sin embargo, sí
flota en él, desde él, y fluye hacia el observador como un
criptograma, un texto espiritual en clave, en cuyo ámbito
termina él buscándose involuntariamente hasta, en el mejor de
los casos, lograr vislumbrarse.
Lo que habita esa cima o sima nunca deja de moverse.
Su agitación sobre la hoja, primero, en nuestro interior,
después, y, por último, transformada en virtud de esta otra
imago
mundi, regresa, hija
pródiga, a su lugar de origen, en calidad ya de juego de espejos
entre el espíritu creador y el recreador.
A fin de cuentas, después de mucho mirar, el ojo se
vuelve un espejo ustorio, con el que se obtienen temperaturas
elevadísimas, reuniendo los rayos solares en su foco.
Mas he aquí que es el interior que se enciende y,
paradójicamente, el papel salva, funciona como tabla de
salvación sobre la cual el artista ha dejado la huella de un
quehacer humano, un oficio de pinceladas.
La historia del arte es, en síntesis y casi por donde se
la aborde, el descubrimiento gradual de las apariencias.
Partiendo de este postulado, la diferencia principal
entre el arte antiguo y el moderno resulta un soltar amarras,
una liberación del anclaje al mundo visible:
por ello, en el caso del arte contemporáneo, se da por
hecho que existen múltiples maneras de ver o leer un cuadro; de
abrir la válvula, la maravillosa capacidad de observar, desde
donde se quiera, la ambigüedad, característica definitoria e
intrínseca del arte abstracto.
Por fortuna, hoy podemos abandonarnos a una antes
impensable variedad de interpretaciones.
Todo esto siempre y cuando sea el placer estético en
calidad de Diógenes quien llegue sin engaños a los que estamos
de este lado recordándonos algo, sugiriéndoselo al buen entendedor.
Ojo de la aurora, sin pupila; ojo solo, vista sola que
ofrece el cuerpo de la nada; o que se abre paso dejando el color
atrás, despojándose de tangibles y ponderables vestiduras,
emergiendo como pura luz...
¿Qué
podría recordarnos?
¿Un sueño? ¿Una
búsqueda o necesidad de un asidero, una orilla que auxilie y
permita volver a respirar hondo?
¿Un perdón, una expiación?
Y ya fuera máscaras, fuera generalizaciones, fuera
inclusiones de todo mundo en todo el mundo, ¿qué me recordó?
Un poema en torno al agua precisamente, que escribí hace
muchos años, parte de la sección “Los elementos del corazón”,
del libro Aurora,
titulado “Agua”, y subtitulado “Mar adentro”:Te vi a lo lejos,
desde muy lejos,/pero no yacías en la barca,/el
horizonte./Caminabas, escondiendo algún destino./Tu expresión me
era inconfundible./Tu manto de azafrán,/una urna
viva./Creí que me llamabas./Pasé los dedos por tu piel/deseando
guardarla/en la memoria del corazón./
Entre la
niebla,/tus párpados temblaron/al
sentirme./Y yo también./La rosa de los mundos giró/hasta
secarse. Se hizo
luz./Ni una lágrima en sus pliegues./En su centro fresco,/tu ojo
espeluznante,/lleno, por primera vez,/de una ternura
incontenible./
Acababas
de morir,/aurora,/en
la noche oscura/de mi cuerpo.
A mí en
lo particular me remite a algo profundo, un organismo de
palabras significante, significativo, el eco de una esfera de
otro orden. A otros
puede –y seguramente lo hará- insinuarles diversísimos
sentimientos, acontecimientos, un sinfín de cuestiones felices o
dolorosas, en virtud de lo que no necesita explicaciones (no
debe tenerlas): el arte.
Volcán, inmensa boca, que grita e invade los aires todos,
no sólo aquellos que lo circundan.
Que convoca al agua para que sacie la sed, el ardor de la
tierra.
El
artista, Lizette Arditti en este caso, reproduce la luz, cosa
sumamente difícil si no se tiene con qué, y esto lo dan los años
de cultivar no sólo un medio expresivo, sino la vía que éste
ofrece hacia el interior, la verdad y la belleza, el bienestar y
la miseria cara a cara, corriendo riesgos, aceptando desafíos,
pese a que impliquen desafinación, caída personal,
entrecomillado error; en una palabra, aflicción.
Dependiendo del medio elegido para comunicar todo esto,
el hacedor ofrecerá
sus hallazgos de manera más o menos sutil.
Aquí, la acuarela lleva el más por delante:
al fluir suave aunque intensamente, entra a la esfera del
tiempo y, a su modo, hace estallar el presente.
Como si los elementos con que se mueve tuvieran
conciencia propia, como si el ser humano fuera mero vehículo,
conciencia a su vez, sí, pero de dimensiones distintas.
Emily Dickinson poseía la palabra que tal pareciera que
Lizette Arditti ha aprovechado en su pincel.
Ambas comparten esa suerte de diálogo entre naturaleza y
naturaleza humana:
1302
Creo que el agua es la raíz del viento,
no sonaría tan hondo,
de ser producto del firmamento,
aires de océano sin fondo.
Oye la marea, sopla,
mediterránea entonación.
Hay en la atmósfera sola
una marítima convicción.
¿Es el
universo en sí quien entra en escena, gracias a una realidad que
se ve a sí misma, se vuelve ella misma en otras, o es la luz
quien entra en escena?
Pienso que es lo segundo, algo avasallador.
En virtud de la luz concebida como personaje absoluto, en
cuya trayectoria todo va cambiando constantemente, las cosas se
amoldan a su propio destino, a su propio tiempo.
Quienes
observamos somos, bien
vistos, simples deuteragonistas cuyo papel –en el papel de
Lizette Arditti- es abrir los ojos bajo el agua, irnos haciendo
asibles o inasibles según decidamos representar nuestra vida con
integridad, ofreciéndole a ésta
un sentido
por dentro. En otras
palabras, estas acuarelas nos han arrojado un velo líquido
encima para ayudarnos a asumir nuestros contornos verdaderos y,
ya en virtud de una percepción pisciforme, reconocernos en sus
espejos.
PURA LÒPEZ COLOMÈ
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